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Entre la metáfora y la literalidad, una fosa común hunde y entierra -acaso vivo- al olvido. Quien hinca la pala y abre la tierra es una memoria resistente que se niega a la amnesia. Intuye que, antes de que la gelidez se apropie
-veloz e inexorablemente- de ese recuerdo, este debe ser recobrado. Y con él la memoria y el tiempo. (Proust sonríe desde su lecho mortuorio en una fotografía de
Man Ray).
El olvido es una fosa común es mucho más que un poemario.
El poeta Leandro Taramasco ha creado para el pasado, para el presente y para el futuro una joya invaluable de orfebrería. Su obra exuda la autenticidad de una voz lírica sobria y contenida (la voluptuosidad va por dentro y estalla en el lector), sapiente de sí misma; singular y plural a la vez.
Asistimos a un acontecimiento estético inclasificable, en el que experimentación y tradición no están reñidas, antes bien se potencian en el aggiornamento.
Pero ¿qué es esta brasa que resplandece ante nuestros ojos y arde entre nuestras manos? ¿Una road movie literaria? ¿Un eslabón perdido en la Santa María de Onetti?
¿Una estructura conceptual toda hecha de ternura y crueldad, fealdad y belleza, orfandad y adopción?
Leandro Taramasco ha escrito estos poemas como quien exhuma por igual a vivos y a muertos.
María Belén Aguirre